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Entrevista
Alejo Hoijman, codirector del documental “Qué culpa tiene el tomate...”
Siguiendo la consigna de retratar mercados y ferias populares, o lo que es lo mismo, el camino más directo entre productor y consumidor, siete directores iberoamericanos –seis de ellos latinoamericanos- se dieron a la tarea de ofrecer su mirada personal sobre estos espacios que proponen un camino de comercialización diferente al usual. El resultado son siete cortometrajes que conforman el largo “Qué culpa tiene el tomate...”, que acaba de tener su lanzamiento en la Argentina, país donde nació la idea, acuñada por el productor local Hugo Castro Fau. Por Cynthia García Calvo.

“Qué culpa tiene el tomate…” es un documental de observación, un trabajo coral, con dirección de Alejo Hoijman (Argentina), Marcos Loayza (Bolivia), Josué Méndez (Perú), Carolina Navas (Colombia), Paola Vieira (Brasil), Alejandra Szeplaki (Venezuela) y Jorge Coira (España). Cada uno de los directores aceptó el desafío de retratar los mercados populares para –desde la contemplación- hablar de economías alternativas revelando asimismo la idiosincrasia de cada país. Hoijman, además coordinador de edición de la cinta, dialogó con LatAm Cinema.

Es bastante inusual que siete países, seis de ellos latinoamericanos, deciden emprender un trabajo conjunto. ¿Cómo nace esta película colectiva?

La idea se le ocurrió a Hugo Castro Fau, que es el productor argentino de la película. A partir de eso se convocó a directores. Somos siete directores de siete países. Es una película de una producción muy complicada porque no sólo se filmó en siete países con siete directores distintos, sino que fue coproducida por los siete países de manera igualitaria. De modo que implicó una estructura de producción, de búsqueda de fondos, que le llevó a los productores bastante tiempo armar. Y yo soy de los siete convocados.

¿Se dieron pautas para lograr una homogeneidad en las historias?

La idea era retratar los mercados populares, es decir, lugares donde el vínculo entre el productor y el consumidor sea lo más directo posible. Mercados que no son los mercados de las grandes ciudades con el sistema de distribución oficial, como supermercados donde uno va a comprar un kilo de tomates y ese kilo de tomates atravesó seis intermediarios. Son ferias y mercados con sistema de venta tradicional. En mi corto particular, la relación entre productor y consumidor es absolutamente directa porque yo retraté personas que venden en una feria, donde todos los vendedores son a su vez productores. Entonces la consigna para los siete directores era eso: registrar mercados y ferias populares de venta de alimentos. También fue una consigna la duración de los cortos, que no podía superar los 13 minutos, y que fueran documentales de tipo observacional. Esto no fue obligatorio respetar a rajatabla, pero la mayoría de los cortos siguieron esa pauta. No todos de manera literal pero ninguno tiene una forma tradicional, en cuanto a entrevista, narradores, en ninguno hay demasiada información periodística sobre los personajes y los espacios. Son más bien miradas sobre estos siete mercados en distintas ciudades.

Tu trabajo se amplió también a la edición del film, ¿de qué manera trabajaste con siete propuestas diferentes?

Fui una especie de coordinador técnico de cuatro de los siete rodajes, y fui un coordinador de edición. A cada director se le dio la posibilidad –a su elección- de enviar el corto editado con los 13 minutos como máximo o enviarlo más largo. Casi todos lo enviaron más largo de la duración que tenía que tener, entonces aquí en Buenos Aires hicimos algunos ajustes de edición para dejarlos en el tiempo que tenían que tener. Eso como parte de un juego en el cual todos decidimos participar. Yo creativamente, artísticamente o estéticamente, como uno quiera llamarlo, a nivel realización sólo me hice cargo de la dirección y edición del corto argentino, después asumí roles técnicos de coordinación de los cortos de Colombia, Bolivia y España. La cámara y el equipo de sonido es el mismo en todos pero los modos de utilizarlos fueron variando. Hay algunos miembros que se fueron repitiendo. Cada uno tomó decisiones técnicas que no eran las mismas. Manipular todo ese material muchísimas horas de imagen, muchísimas horas de sonido, para después hacer una ampliación a 35 mm, exigía un gran trabajo técnico.

En este tipo de películas, donde varios cortos conformar un largo, es muy importante el orden que se le atribuye a cada historia porque también le va imprimiendo un ritmo narrativo particular. ¿Cómo se decidió eso?

La última decisión la tuvieron los productores pero fue hecho por consenso. Mi corto quedó primero pero no fue una decisión mía, quiero aclararlo porque sería muy antipático de mi parte haber hecho una cosa así (risas). Lo que pasa es que mi corto es el único que narra la instancia previa a la venta en la feria. Focaliza en una pareja de gente mayor, campesinos que trabajan en Misiones en su tierra, y el 98% del corto transcurre en su vida cotidiana, en la previa, en la producción y en el largo viaje que tienen que hacer hasta la feria. El corto termina cuando llegan a la feria. Entonces sirvió como prólogo.

¿Cómo llegas a esta pareja de colonos que protagonizan tu corto, y a lograr que tu cámara no se entrometa en su vida y realmente puedas ser un observador?

Esto se filmó hace tres años. La película tuvo un proceso largo. En ese momento había un sistema de ferias de venta de productos de manera directa del productor al consumidor. A mí me interesaron esas ferias. Yo hice hace unos años un documental llamado “Dinero hecho en casa”, que era una mirada sobre el dinero a partir del fenómeno del trueque a partir de la crisis de 2001. Fui a las ferias y conocí a este matrimonio, me interesaron mucho. Fui a visitar el lugar donde vivían. Ellos viven muy lejos del lugar donde está la feria, viven en medio de la montaña. La técnica de filmación y la estética cinematográfica que utilizo es una que yo ya vengo trabajando en mi anterior película “Unidad 25”, que es a partir de la autorización y la voluntad de las personas de ser filmadas, por más miedo, reparo o incomodidad que le produzca la cámara, sólo es una cuestión de tiempo lograr que se acostumbren. A veces se produce en pocos días. En este caso, fue exitoso. Ellos se entregaron a la cámara y me permitieron estar en situaciones íntimas, cotidianas. Desde la mañana muy temprano hasta muy tarde a la noche estábamos con ellos. Después de investigar, de visitarlos, estudiamos cuál era el mejor momento para filmarlos.

¿Qué es lo que más interesaba reflejar sobre los protagonistas?

A mí me interesaba mucho filmar el viaje a la feria porque ellos producen y todas las semanas hacen este largo periplo hasta la feria. Ellos viven a 350 kilómetros de donde está. Marido y mujer recorriendo ese camino era algo que a mí me interesaba mucho porque tienen que recorrer 10 kilómetros de un camino muy precario con un carro tirado por bueyes, que le lleva varias horas, después en la ruta esperan que pase un camión municipal –relacionado con la feria- que va recogiendo a los campesinos, viaja toda la noche la mujer –porque el marido se quedó con los bueyes- para llegar a la feria, vende durante toda la mañana y tarde, y vuelven. Eso lo hacen todas las semanas para ofrecer al consumidor su producción.

Hablas de productores que trabajan su propia tierra y justamente el rodaje del corto tuvo lugar en un momento donde ya estaba instalado el enfrentamiento entre el gobierno y el campo, ¿tuviste en consideración ese aspecto?

Sí, pensé la relación. No porque sí me dediqué a mostrar a personas que producen, trabajan, viven, se alimentan, por afuera del sistema de comercialización. Hay mucha, mucha, mucha gente que produce, que tiene cosas para ofrecer, necesidades concretas, que el sistema imperante de las ciudades no los incluye. Hay sistemas alternativos. Y eso también es parte de la economía y mueve la economía de mucha gente del país. Si no existieran estas ferias mucha gente no podría vivir. Me parece un sistema alternativo importante. Es un tema en el que yo ya venía trabajando con el documental sobre el trueque, que era también un sistema económico por afuera del formal. En el caso del trueque ni siquiera se hacía uso del dinero, se había inventado una moneda paralela. Y eso movió la economía de 5 millones de personas en los meses de crisis.

Si bien este corto es por encargo sigue la línea que vienes trabajando, no se nota una diferencia…

No. Estéticamente hablando yo tengo un modo de acercarme a mis temas cinematográficos, que vengo explorando y modificando. Este corto está en la línea de mi película anterior “Unidad 25” y de otras cosas que hice después. Temáticamente hice lo posible para apropiarme. A mí me proponen un tema y si no tengo la flexibilidad para poder apropiarme en el buen sentido, no me va a interesar involucrarme. Acá me interesó porque el tema me interesaba y tenía la libertad de darle un punto de vista propio, tanto ideológico como estético.

Más allá de que cada director arroja su mirada, ¿consideras que todos comparten una misma ideología?

Todos comparten una valoración de estos espacios de economía por fuera de la economía formal. Eso ya es algo en común. Ahora el fino de cómo piensa cada uno de los directores, no lo conozco del todo. El punto de partida es común a todos. El título de la película también dice algo porque es una estrofa de una canción de la Guerra Civil Española. Cada uno tuvo la libertad de decir lo que quiso. Son pequeñitas obritas de siete directores distintos con su propia mirada, ideología y forma de ver el mundo.
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